Hizo un golazo de rabona. Lo quieren desde Europa. Martino lo piensa para los Juegos Olímpicos. La historia de un chico que dice que era más burro que sus compañeros de inferiores.
Jonathan Calleri dice que era más burro que sus compañeros, pero que ellos salían de joda, no dormían y se iban de gira a entrenar. Mientras, él, que en esos días pensaba que si algo salía mal iba a estudiar para ser contador, dormía.
Su principal límite era su cuerpo: entre los trece y los quince años tenía un físico más pequeño que el de los demás y esa traba hizo que en esos dos años apenas jugara cinco partidos de titular en All Boys, el club donde hacía las divisiones inferiores. Aunque como muchos grandes de la historia, a la larga, su principal virtud se volvió su cabeza: “En esa edad de cumpleaños de 15 o de ir a matiné o a noche, a diferencia de ellos, yo tenía una contención de mi familia que me destacaba más que por mi forma de jugar”.
Calleri eligió el fútbol, incluso, cuando sus papás le dijeron que le daban seis meses más y que, si no encontraba su lugar, se pusiera a estudiar. Ahí imaginó ser profesor de educación física o periodista. Su tío, el ex jugador Néstor Fabbri, le recomendaba cambiarse de club y surgió la posibilidad de ir a Deportivo Español, pero él no quería: All Boys quedaba en Floresta, su barrio, del que conoce las calles con una memoria increíble, y a sus compañeros él les decía amigos.
Todo se complicó aún más porque a los quince años, en un partido, se enojó con un árbitro y le tiró un pelotazo a la cara. Aunque para su adolescencia no estuvo tan mal: le dieron seis meses de suspensión sin jugar y, en esos días, aprovechó para ir a los cumpleaños de quince a los que faltaba. Su entorno familiar lo seguía cuidando y su papá, un ex jugador, también lo impulsaba a que cumpliera su sueño. Calleri, un pibe de barrio que sigue teniendo la misma novia desde el colegio secundario, quería ser alguien: Pablo Solchaga, un delantero del ascenso argentino que marcó 95 goles en la Primera de All Boys.
“Me sorprende, sobre todo, la cantidad de gente que trabaja en Boca. Tenés todo: médico, kinesiólogo, gimnasio, cancha. Hay cien periodistas que vienen a verte trotar”, dice, ahora, como si hablara con la calma que tenía en el buffet de la cancha de All Boys, pero habiendo salido en la tapa de todos los diarios argentinos tras hacer una genialidad: un gol de rabona pero picándole la pelota al arquero Walter Benítez de Quilmes. En una definición que, quizás, sea de las mejores de los últimos veinte años del fútbol argentino, con el sello de certificación de Diego Maradona, que estaba en la cancha y, desde su palco, habiendo pasado unos minutos del gol, seguía festejando.
Calleri tiene 21 años, le ganó la pulseada a Daniel Osvaldo y se quedó con el puesto de centrodelantero, se da el lujo de ser el socio de Carlos Tevez y hace valer la inversión de Boca. Aunque sea joven, ya tiene más de setenta partidos en primera y pasó por dos clubes. Lo vieron en All Boys y desde el club de la Ribera decidieron invertir -no una suma millonaria- en este proyecto de jugador que, por ahora, salió bien.
Pero Calleri no deja de ser un pibe más que normal: sin estrellas en la cabeza. Acababa de ser fichado por Boca, en unos días tenía que sumarse a la pretemporada en el predio de Casa Amarilla, pero se fue a Belo Horizonte con amigos a ver un partido del Mundial 2014: “Fui justo contra Irán, cuando hizo el gol Messi, último minuto, con todos los brasileros en contra. Fue una experiencia irrepetible. Yo analizo el partido de los dos lados. Como futbolista, en ese partido sentía cómo la gente puteaba que no le ganábamos a Irán. Pero ahí me olvidé de que era jugador, que iba a jugar en Boca. Callé a la gente después del gol de Messi, porque algunos ya lo puteaban”.
Quizás, ahí, frente a semejante golazo, Calleri, que ya no es el pibe que era más burro que sus amigos, que desarrolló una técnica increíble para poder mover los pies disociando de ese movimiento a su columna vertebral, que engaña quedándose quieta, sacó los pies de la realidad, pensándose como un muchacho de la tribuna, sin saber, todavía, que un año después el entrenador de la Selección iba a ser Gerardo Martino, que dos años después iban a ser los Juegos Olímpícos en Río de Janeiro y que, probablemente, sea uno de los elegidos para vestir la camiseta de Argentina.
Para Martino, el pibe de la rabona es tan bueno como Paulo Dybala, como Mauro Icardi y como Luciano Vietto. Mientras, Calleri no se desespera. Su cabeza es lo más importante por eso confiesa abiertamente que sigue yendo a un psicólogo con el que lo contactó, curiosamente, Pablo Dolce, el preparador físico de Marcelo Gallardo, entrenador de River: “Aprendí a esperar, a no fastidiarme. A manejar las presiones, la ansiedad. En vez de pensar “no puedo” o bajarme, pensar en los actos positivos, visualizar alguna jugada. Con la cabeza en positivo se puede llegar lejos”.

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